martes, abril 24

“Un Gustazo, un Trancazo” como diríamos en Cuba



Articulo de Relatos Cortos desestimado por El Corte Ingles “an company” en su concurso de este año.

“Yo si quiero llorar”


Las Truchas no Lloran

            Mi historia comienza en lo profundo de la fragua. Reino del musgo y los helechos donde el verdor se mezcla con un olor penetrante de musgo y humedad, que me invitan a disfrutar de un día de pesca primaveral. Con paso firme y altivo, dueño y señor de mi pequeño “reino”, mi río, me introduzco en sus refrescantes aguas. El río discurre centelleante entre los claro-oscuros del tupido bosque. Errático, presento mi mosca una y otra vez. Las pintonas van atrapando mi engaño al compás del susurro del viento. Una tras otra, las truchas llegan a mis manos esplendorosas y radiantes. Por unos segundos soy el dueño y señor de sus vidas. El río serpentea entre cascadas y laminas de espejos que reflejan el repicar de las hojas en lo alto de este idílico bosque. En una curva, justo al final de una chorrera logro a disipar una hermosa “pintona” que se balancea cercana a la superficie. Se mueve airosa en busca del alimento que le aportan estas aguas. Sin prisas, me apoyo al borde de las viejas raíces del “amierio” que tantas veces me vio pasar a su lado. La trucha, majestuosa de una librea que por momentos se torna dorada con los rayos del sol, alejada y ausente de mi presencia se deja contemplar en su intimidad. ¡¡Para que forzar este lance!! Sigo mi recorrido y al paso sonrío a esta trucha en un grado de complicidad.

Mientras caminó en busca de otras posturas, reflexiono sobre la suerte que tengo de poder disfrutar de este pequeño río que tantas alegrías me dio en el discurrir del tiempo. Llegando al viejo molino que se sostiene milagrosamente, dos truchas “moscardean” a un ritmo frenético. Embelesado por tal circunstancia, enlazó una pequeña mosca y en un abrir y cerrar de ojos se la presento. La trucha se acerca un tanto desconfiada, observa y finalmente toma el engaño. Dolorida, valla usted a saber, si por el anzuelo o por su imprudencia, me presenta una lucha de tu a tu. Finalmente se rinde y mansamente se deja atrapar entre mis manos. ¡¡Que linda eres!! Sus ojos giran perdidos en el espacio, sin conciencia del lance que terminaba de acaecer. Mansa y sin forcejeo alguno se dejaba contemplar, creo yo que consciente de su pronta libertad. Su boca, entreabierta, busca una bocanada de aliento. La sumergí en el agua, liberándola, sin dejar de contemplar este pez maravilloso que me tiene hechizado desde tiempos inmemorables. Lentamente, sin prisas, recorrió el río tomando aposento entre unas piedras. Es entonces cuando mi vista se dirige a la orilla opuesta. Un color grisáceo un tanto lechoso tiñe las aguas como una sutil daga que camina entre el río.

Sobresaltado e irritado, esperándome lo peor, crucé el río en busca de tal suceso que osaba irrumpir en “mi río”. Entre la vegetación y un tanto oculto, emergía una cañería por la que discurría un liquido blancuzco de olor nauseabundo. Crispado, plegue mi caña y camine en busca del origen de tal fechoría. Finalmente y un tanto sudoroso llegue al punto fatídico. Una pequeña “depuradora”, maltrecha, rebosaba aguas de todo tipo. ¡¡Una depuradora de mi ayuntamiento!!

Cabizbajo retrocedí sin ánimos y alicaído. Crucé el río y me senté al lado de una acequia mientras me secaba el sudor que por momentos chorreaba de rabia e impotencia. Mi río se estaba contaminado. Lo que yo creía el “paraíso” se moría lentamente. Mi individualismo, mi egoísmo estaba fuera de contesto. No era “mi río” pertenecía a todos, la herencia de las nuevas generaciones, mientras yo, me cruzaba de brazos.

Inmerso en mis disertaciones, se acercó un campesino alertado por mi estado. Me tocó el hombro al tiempo que se interesaba por mi salud. Señalando, le mostré el origen mi ofuscación, el vertido. Con una voz profunda llena de “sorna” muy “a la gallega” me respondió: hombre, eso esta hay desde siempre. Unos días vierte y otros no. Cambió de tema y comenzó por arremeter contra los pescadores que le tumban la malla metálica que bordeaba su finca. Éste es el sentir de la mayoría de nuestro pueblo salvo excepciones que como en todo las hay. El conformismo invade nuestra vivida cotidiana y lo solucionamos mirando para otro lado.

Somos los herederos de los ríos y nuestro deber es salvaguardarlos y protegerlos. La enseñanza y divulgación son nuestras armas y con ellas tendremos que luchar para que la “fuente de toda vida” siga alimentándonos al igual que a nuestros antepasados y los hijos de nuestros hijos. Las “aguas” están en nuestras manos y de ellas depende nuestra subsistencia, no las ensuciemos. Un pequeño gesto de responsabilidad con el medio ambiente, puede ayudar a la conservación, pero no es suficiente si no educamos y enseñamos a nuestros hijos que un día serán dirigentes con otras miras y preocupaciones. Entonces estarán preparados para afrontar unos de los mayores retos con el que se encontrará la humanidad: el respeto y mejora de la calidad de nuestras aguas.
   

Repuesto de semejante percance, reanudé mi marcha. La pesca ya no era igual, los recuerdos me invadían continuamente. El río que me vio crecer, los campos, en que tantas veces pise su hierba, gemían sin que nadie oyese sus lastimosos llantos. Las imágenes vividas, los recuerdos de antaño, afloran en mis retinas para llenarme de añoranza. El señor Pejerto, el sastre que continuamente me llevaba a sus hombros a la mínima oportunidad de pesca. Mi maestro, mi mentor, que me enseño a respetar y valorar los ríos, sus aguas, sus bosques. Persona “savia” por observadora pues su único colegio fue el río, sus campos y montes. Recuerdo unos de sus consejos que me acompaña desde entonces y que viene a decir: nene, cuando salgas del río que nada delate tu presencia, respeta sus aguas, los helechos, los seres vivos y solo coge lo necesario para que puedas seguir disfrutando de este mágico lugar. Cuantas veces saboreé estas aguas que saciaban mi sed y refrescaban mi frente en los días estivales del verano. Ahora las miro con tristeza y vergüenza, vergüenza ajena por todo lo que se pudo hacer y que nadie hace. Estamos perdiendo los valores de respeto y convivencia que nuestros abuelos nos inculcaron.

El agua, la fuente de la vida es tratada con el más vil de los desprecios. La indiferencia nos inunda y contagia los unos a los otros sin que presentemos la mínima atención. Con que cara puedo mirar a esos niños que saltan y juegan en el río, chapoteando y riendo ajenos a nuestra incompetencia. Como les digo que disfruten ahora, pues esto se acaba. Su herencia está condenada por una generación de derrochadores e inconscientes, arropada por dirigentes muy alejados del medioambiente. Apoltronados en sus sillones cometen el mayor de los pecados: la desidia, el abandono.

Cansado de tanto pensar, recorrí unos metros de río, como queriendo olvidar por unos momentos lo vivido. Preparé nuevamente mi equipo de pesca y en una lámina de aguas rápidas comencé a posar mi mosca. Los lances ya no eran precisos y armoniosos. No dejaba de observar el agua del río, veía irregularidades por todos lados. El fondo estaba colmatado de arena arrastrada de los prados por no respetar las distancias mínimas de labradío. Un limo de aspecto sospechoso se asentaba sobre las piedras. Creo, que ya estaba afectado por el dichoso vertido. Mi último lance del día fue un pequeño alevín que no se pudo resistir a mi mosca. Aprisionado entre mi mano, miraba la luz del sol por primera vez fuera de su medio natural. Se  veía indefenso y apenas hacia esfuerzos por liberarse. Sus ojos no se movían, y los dos nos quedamos mirándonos unos breves segundos. Diría, eternos segundos en los que me hice infinidad de preguntas. Quizás, este “pequeñín”, con sus diminutos ojos llenos de vida, me estaba preguntando a mí. ¡¡Que será de ti!! Me dije, cuanto tiempo podrás aguantar la degradación de tus aguas. Lo liberé con todo el cuidado mientras se dirigía hacia una vida incierta. Una vida que dependía de mí, yo era el dueños y señor de su destino. Si los dioses me dieron este don no puedo mal gastarlo y me erijo en guardián y custodio de este río. 

Mis lágrimas brotaron instintivamente, lloré de rabia, de impotencia. ¡¡Yo!!, el ser que presumía de superioridad, de una inteligencia sin fin y nada estaba haciendo salvo disfrutar de una jornada de pesca sin recapacitar en el desastre que se avecinaba. Me dije: este es “mí reino” y luchare por ti y por todos vosotros que habitáis en este río, en este bosque encantado.  

Mis lágrimas no cejaron de recorrer mis mejillas.
Llore y llore, por mi y por que “Las Truchas no Lloran”.


Lo firma: Nene